18 enero, 2012

Telas de ilusiones.



A veces un no niega
más de lo que quería, se hace múltiple.
Se dice «no, no iré»
y se destejen infinitas tramas
tejidas por los síes lentamente,
se niegan las promesas que no nos hizo nadie
sino nosotros mismos, al oído.
Cada minuto breve rehusado,
-¿eran quince, eran treinta?-
se dilata en sin fines, se hace siglos,
y un «no, esta noche no»
puede negar la eternidad de noches,
la pura eternidad.
¡Qué difícil saber adonde hiere
un no! Inocentemente
sale de labios puros, un no puro;
sin mancha ni querencia
de herir, va por el aire.
Pero el aire está lleno
de esperanzas en vuelo, las encuentra
y las traspasa por la alas tiernas
su inmensa fuerza ciega, sin querer,
y las deja sin vida y va a clavarse
en ese techo azul que nos pintamos
y abre una grieta allí.
O allí rebota
y su herir acerado
vuelve camino atrás y le desgarra
el pecho, al mismo pecho que lo dijo.
Un no da miedo. Hay que dejarlo siempre
al borde de los labios y dudarlo.
O decirlo tan suavemente
que le llegue
al que no lo esperaba
con un sonar de «sí»,
aunque no dijo sí quien lo decía. 

Pedro Salinas








Muchas, pero que muchísimas veces nos encontramos a nosotros mismos creándonos falsas esperanzas, unos sueños que esperamos impacientemente a que se cumplan. Terminamos echando la culpa a quien nos enseñó ese pedazo de Edén, y que ni siquiera nos dejo tocar. ¿De verdad la tiene?



Pasa lo mismo cuando te enamoras. Le ves, le ves ahí, tan guapo, tan perfecto y tan idealizado. Te dice una palabra, pero esa palabra para ti es un mundo de posibilidades. Empiezas a tejer una hermosa manta de "síes", para que que os ampare a los dos cuando llegue el momento.



¿Y qué pasa cuando esa palabra no era lo que tu soñabas? ¿Tiene él la culpa de que te ilusionaras? Para nada. Además, el no sabe lo que su "no" esa destejiendo.



Es hora de ver la realidad, es hora de que aprendamos a destejer nosotros mismos nuestras ilusiones hasta llegar a ese punto de partida, donde podemos volver a empezar.


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